Carta a mi yo pequeña

Por el Día Internacional de la Mujer

Querida Natalia pequeña,

Te escribo desde el futuro, desde tus 50 años, después de haber vivido décadas llenas de aprendizajes, miedos superados, tropiezos y conquistas. Hoy quiero contarte algunas cosas que ahora ni te imaginas que van a pasar.

Crecerás siendo una adolescente llena de dudas. Te dará vergüenza levantar la mano en clase o hablar en público por miedo a equivocarte o hacer el ridículo. Te verás a ti misma como una niña tímida, con complejos, siempre pendiente de lo que puedan pensar los demás.

Pero escucha bien: eso también pasará. De hecho, ten siempre presente que todo pasa.

Estudiarás una carrera y empezarás a trabajar, siempre en el sector industrial, que por cierto, en seguida te sorprenderás de lo masculinizado que está. Al principio te sentirás excluida y te frustrarán cosas como que veas a pocas mujeres en puestos de responsabilidad. Pero será ahí cuando empezarás a hacerte fuerte, a creer en ti y a hacer todo lo que está en tus manos para convertir las negativas y el no, en sí. Cada vez te dará menos vergüenza alzar la voz para reclamar el crecimiento profesional que te mereces. Serás valiente y aceptarás todos los retos profesionales que te pongan por delante y según vayas creciendo, los temores y vergüenzas del principio irán desapareciendo.

Te irás a vivir fuera de tu ciudad, sola. Después te casarás y tendrás dos hijas que serán tu debilidad. Tu marido tendrá que trabajar lejos de casa y a veces te sentirás muy sola y sobrepasada ocupándote de tus hijas, el trabajo, la casa…Pero también descubrirás que para estar bien con los demás, la prioridad será estar bien contigo misma. Y llegará el día en que decidirás priorizarte, sacar tiempo para entrenar y mantenerte en forma, darte tus masajes, salir con tus amigos. A veces te sentirás criticada o señalada, pero a esta altura y con todo lo que has pasado, ya serás lo suficientemente madura para decidir qué opiniones te van a importar.

Déjame que te diga algo, Natalia: nunca dudes de tu valor. Nunca pienses que hay cosas que no puedes hacer por ser niña o mujer. Las mujeres pueden ser científicas, deportistas, amas de casa, líderes, ingenieras, astronautas o cualquier cosa que quieran ser. Y si alguna vez alguien te dice lo contrario, recuérdale que el mundo está cambiando, y que tú has decidido ser parte de ese cambio.

Habrá momentos en los que sentirás que tienes que demostrar más que los demás y que deberás esforzarte el doble para que te reconozcan. Pero no te rindas, porque conseguirás hacerlo. Serás capaz de trabajar en lo que te guste, de tener un cargo directivo en empresas multinacionales, algo con lo que soñarás desde bien jovencita y cada paso que des, abrirá de algún modo puertas para quienes vengan detrás.

Aún a tus 50 años habrá quien diga que “ya estamos otra vez con lo del día de la mujer”, “o que no entienden que sea necesaria una fecha en el calendario para conmemorar la evolución en materia de igualdad” pero te reirás de la ignorancia y demagogia de esas personas. Porque tu sabrás que, aunque tu habrás crecido personal y profesionalmente, cruzando algunas barreras de género, aún hay muchas mujeres, infinidad de ellas, que no tienen las mismas oportunidades que has tenido tú o tendrán tus hijas. Y por eso tú decidirás educarlas en la importancia de reconocer los avances que las mujeres han logrado para llegar donde están ahora y de seguir alzando la voz por aquellas que están más lejos de conseguir una igualdad en casa y fuera de ella.

Y lo más importante: no estás sola. Hay muchas niñas y mujeres, hoy y siempre, que han luchado y seguirán luchando para que tengamos las mismas oportunidades. Y tú, aunque aún no lo sepas, también serás parte de esa historia.

Con cariño, Tu Natalia del futuro.

Aprender de ellas (y de ellos): diversidad generacional que suma

Disfruto aprendiendo cosas de mis bichos, cuando a veces me corrigen, e incluso cuando me dicen que esto o lo otro ya no se dice o no se hace como lo hago yo, e independientemente de lo aplastante que resulta cuando me hacen sentir mayor y desfasada.

Recuerdo cuando, hace muchos años, empecé a tratar con la Generación Y en entrevistas de trabajo y más tarde con la Z. Después vinieron, además de las charlas con mis Bichos (por si eres nueva por aquí ellas son mis hijas), los equipos de trabajo compartidos, los proyectos, las conversaciones de pasillo, los cafés rápidos entre reunión y reunión.

En esos comienzos pensaba: qué diferentes somos.
Y ahora pienso: qué bien nos podemos complementar.

Hoy en día oímos hablar de igualdad y diversidad casi a diario. En las noticias, prensa, radio, corrillos de empresa, reuniones… Sororidad, inclusión, generaciones, talento joven…son palabras que se repiten continuamente y la mayoría de las veces las escucho en forma de crítica o protesta.

Pero ¿cuántos somos realmente conscientes de que cada uno, desde nuestro pequeño trocito de parcela, puede aportar ese grano de arena que forma parte (y es necesario) para construir la montaña?

Muchas veces he escuchado a personas de mi generación decir auténticas “lindezas” sobre los jóvenes de ahora: que si no tienen capacidad de sacrificio; que si no se puede contar con ellos para comprometerse con nada; que si no saben aguantar la presión o la frustración; y yo me pregunto…¿Y si en vez de criticar nos centramos en entender? ¿Y si en vez de comparar, aprendemos? ¿Y si abrazamos la diversidad generacional como lo que realmente es: una ventaja competitiva y humana?

Porque sí, somos distintos. Pero mientras ellos y ellas traen inmediatez, frescura, mirada digital, cuestionamiento constante, valentía para no aceptar lo establecido solo porque “siempre se ha hecho así”, nosotros aportamos experiencia, perspectiva, contexto, resiliencia, organización…

No se trata de quién tiene razón ni de quién supera al otro, sino de que juntos somos mejores.

Me encanta que mis hijas me corrijan y me enseñen cosas nuevas. Igual que me encanta que compañeros y compañeras de trabajo a los que saco más de veinte años me enseñen cosas que yo desconocía y aporten ideas que jamás se me habrían ocurrido.

Aprender no tiene edad y escuchar tampoco.

La diversidad generacional, cultural, de género o de lo que sea no empieza en los planes estratégicos ni en los discursos corporativos, sino en la actitud con la que miramos al que es distinto a nosotros.

Y una vez más, queridas y queridos, se trata de actitud.

¿Sabes ya en qué lado has decidido posicionarte?