Un lunes muy lunes. Un martes muy martes…Y así hasta el viernes.
Una semana de esas que dura lo mismo que un pestañeo y que, para colmo, va pasando sin pena ni gloria.
¿Sabes esa sensación de ir casi en piloto automático? De una tarea a otra. Un día y otro día. Y de repente darte cuenta de que te acabas de “cargar” otra semana más.
Vale, la buena noticia es que el viernes vuelve volando con todas sus bondades. Pero a mí me gusta llegar al viernes con un poco más de calma. Con la sensación de haber saboreado la semana, aunque sea un poquito.
Inmersa estaba yo en ese pensamiento el jueves, camino del gimnasio, cuando aún no sabía que mi coach me estaba esperando con un “full body” que iba a demostrar lo aniquilada que había llegado yo a mi jueves.
Y así me tuvo: una hora con la lengua fuera y la patata a mil. Ella sonreía y yo no paraba de resoplar y quejarme.
Pero no estaba sola. A mi lado estaba mi querida Compi, quien entre ejercicio y ejercicio me miraba de reojo buscando esa mirada cómplice que dice: “No puedo más… pero vamos a acabar con esto como sea. Y cuanto antes.”
Esas miradas, las risas, los chascarrillos, las pullitas tipo: “coach, mira qué poco peso se ha cogido fulanita…” o “dile algo a menganita, que está que no para de darle al músculo… pero el de la lengua.”
Sin hablar del apoyo, ese momento en que una está agotada y otra suelta una frase que, sin saber muy bien cómo, le da la vuelta a tu día.
Y de repente, terminas ese entreno al que llegaste con toda la pereza del mundo… y te das cuenta de que lo mejor de tu día ha sido precisamente esa hora que has pasado “sufriendo”.
Llegas #muertamatá y en apenas sesenta minutos has resurgido de tus cenizas.
Dicen que el ejercicio es la mejor medicina. Que libera endorfinas, que regula la ansiedad, que alivia el estrés e incluso la tristeza. Pero lo que no siempre se ve es lo que pasa entre serie y serie. Y es que, amigas, lo que engancha no es solo el músculo, es ese el vínculo.
Es descubrir que en medio del cansancio y las pocas ganas compartidas, se construyen complicidades que no se planifican. Que, entre sentadillas, cuestas, planchas, reformer y sprints aparecen también conversaciones que no sabías que necesitabas tener. Y que hay algo muy sanador en sudar al lado de alguien que, sin grandes discursos ni retórica, te sostiene, le añade valor a tu día. Y eso, días tras día, se transforma en una energía compartida que engancha.
Y entonces entiendes que no se trata solo de ir a entrenar el cuerpo. Se trata de coincidir con quien pasa por tus mismas circunstancias, de reconocerse en la otra persona y de compartir una vibra, que sólo puede sumar.
Cuando una amistad empieza a diluirse tendemos a pensar que algo hemos hecho mal. Nos quedamos analizando gestos, silencios y distancias, cuestionándonos si podríamos haber hecho más, dicho más o insistido más.
Pero la vida no discurre en línea recta. La vida fluye y tú fluyes con ella. Y los demás fluyen a su manera.
Y todo está bien.
Mientras a veces nos quedamos estancadas intentando entender por qué ciertas amistades se van debilitando, la vida sigue trayendo personas nuevas. No para remplazar a nadie, sino para acompañar la versión que somos ahora.
Y un día te das cuenta de algo liberador: hay amistades que fueron hogar en una etapa. Y hay otras que llegan cuando más las necesitas, vestidas de mallas, con agujetas compartidas y planes de montaña en el horizonte.
Y quizá lo que no se ve de los entrenos…es que no solo estamos fortaleciendo el cuerpo. Estamos construyendo algo mucho más silencioso y potente: una red de complicidad y energía compartida. Un lugar al que llegar cansada…y del que salir más fuerte.
Y eso, queridas, es lo que más me tiene enganchada. Hay entrenos que te cambian el cuerpo y en ellos te encuentras con personas que te enseñan a fluir con la vida.
Así que para quien me cuestione una vez más que de dónde saco energía para entrenar a diario, aquí tiene la respuesta.










