Disfruto aprendiendo cosas de mis bichos, cuando a veces me corrigen, e incluso cuando me dicen que esto o lo otro ya no se dice o no se hace como lo hago yo, e independientemente de lo aplastante que resulta cuando me hacen sentir mayor y desfasada.
Recuerdo cuando, hace muchos años, empecé a tratar con la Generación Y en entrevistas de trabajo y más tarde con la Z. Después vinieron, además de las charlas con mis Bichos (por si eres nueva por aquí ellas son mis hijas), los equipos de trabajo compartidos, los proyectos, las conversaciones de pasillo, los cafés rápidos entre reunión y reunión.
En esos comienzos pensaba: qué diferentes somos.
Y ahora pienso: qué bien nos podemos complementar.
Hoy en día oímos hablar de igualdad y diversidad casi a diario. En las noticias, prensa, radio, corrillos de empresa, reuniones… Sororidad, inclusión, generaciones, talento joven…son palabras que se repiten continuamente y la mayoría de las veces las escucho en forma de crítica o protesta.
Pero ¿cuántos somos realmente conscientes de que cada uno, desde nuestro pequeño trocito de parcela, puede aportar ese grano de arena que forma parte (y es necesario) para construir la montaña?
Muchas veces he escuchado a personas de mi generación decir auténticas “lindezas” sobre los jóvenes de ahora: que si no tienen capacidad de sacrificio; que si no se puede contar con ellos para comprometerse con nada; que si no saben aguantar la presión o la frustración; y yo me pregunto…¿Y si en vez de criticar nos centramos en entender? ¿Y si en vez de comparar, aprendemos? ¿Y si abrazamos la diversidad generacional como lo que realmente es: una ventaja competitiva y humana?
Porque sí, somos distintos. Pero mientras ellos y ellas traen inmediatez, frescura, mirada digital, cuestionamiento constante, valentía para no aceptar lo establecido solo porque “siempre se ha hecho así”, nosotros aportamos experiencia, perspectiva, contexto, resiliencia, organización…
No se trata de quién tiene razón ni de quién supera al otro, sino de que juntos somos mejores.
Me encanta que mis hijas me corrijan y me enseñen cosas nuevas. Igual que me encanta que compañeros y compañeras de trabajo a los que saco más de veinte años me enseñen cosas que yo desconocía y aporten ideas que jamás se me habrían ocurrido.
Aprender no tiene edad y escuchar tampoco.
La diversidad generacional, cultural, de género o de lo que sea no empieza en los planes estratégicos ni en los discursos corporativos, sino en la actitud con la que miramos al que es distinto a nosotros.
Y una vez más, queridas y queridos, se trata de actitud.
¿Sabes ya en qué lado has decidido posicionarte?










