Cambiar puede asustar, pero no cambiar nunca mejora nada.

Imagina un bebé al que ya le toca pasar de la cuna a su propia cama. Muchas veces ese momento coincide, así de gratis, con el salto a su propia habitación. Igual ahora no está tan de moda, porque esta semana hace exactamente 14 años que tuve a mi último baby y prefiero no mirar muy atrás… que lo que toca ahora es celebrar que mi bicho suma años, no que yo sumo canas.

Pero volvamos a la escena, que me conozco y me pierdo más rápido que un calcetín en la lavadora.

Antes de hacer el cambio, tu cabeza es una playlist infinita de temores: “Verás las noches que me va a dar”, “con lo bien que dormimos ahora…”, “pero tampoco es plan de esperar a que la cría haga la comunión”, “las pataletas que me esperan…”. Todo muy alentador.

Hasta que un día te lías la manta a la cabeza y ejecutas el cambio. En ese momento pueden pasar dos cosas:

  1. Versión Disney: te sorprende lo bien que lo lleva. Tú ahí, con tu drama previo, y tu bebé durmiendo tan pancha mientras tú te sientes ridículamente sorprendida porque resulta que habías exagerado “un pelín”. Pd. Nunca infravalores el poder de tus churumbeles.
  2. Versión Realidad Paralela: noches de llanto, desvelos, tú mudándote prácticamente a su habitación, porque total “ya que me paso casi toda la noche aquí”, y esa sensación de que el cambio te ha salido rana.

Pero, y aquí viene lo que nunca falla, un día, después de semanas o meses (según tu mala suerte), todo empieza a normalizarse. Tu criatura duerme mejor y tú recuperas tu dormitorio, donde está comprobado que dos caben bien, pero tres ya son multitud.

Enhorabuena: has subido de nivel. Has gestionado un cambio real, tangible, agotador… y lo has superado. Sabías que tenía que llegar, sabías que a tu bebé no le iba a encantar, pero sabías que era lo correcto. Y lo hiciste.

Ahora traslademos esto al mundo empresarial.

¿Cuántas veces has sabido que había que cambiar algo (un proceso, un equipo, una herramienta, una mentalidad) pero lo has ido retrasando por pereza, miedo o porque estabas estupendamente en tu zona de confort, tan mona ella?

Te adelanto algo que aunque lo sospechas aún te cuesta aceptarlo: eso ya no vale.

En las empresas de hoy el cambio no solo es necesario, sino que tiene que ser continuo. Ya no sirve aquello de “es que esto siempre se ha hecho así”. Bueno, servir sí sirve… si quieres que tu empresa se quede intentando sobrevivir, que no brillar, en una era pasada.

Hoy necesitamos personas hiperproactivas (que no es lo mismo que hiperactivas), abiertas al cambio, con mentalidad de mejora continua y siempre con un puntito autocrítico, el justo para saber cuándo abandonar el plan A y saltar al plan B con decisión y estilo, sin dramas y sin agarrarse a lo que ya no funciona.

Ahora esto mismo llévatelo a tu vida personal. Sé una persona valiente, proactiva y recuerda: casi todo se puede mejorar. Incluidas esas rutinas que mantienes desde hace años por costumbre…y que ya piden a gritos una revisión.

Cuando aprendes a ser resiliente, a detectar lo que no funciona y a enfrentar situaciones que no te encantan pero sabes que son necesarias, te conviertes en una auténtica persona gestora del cambio. Dentro y fuera de casa. Con bebés, con equipos y con la vida misma.

Carta a mi yo pequeña

Por el Día Internacional de la Mujer

Querida Natalia pequeña,

Te escribo desde el futuro, desde tus 50 años, después de haber vivido décadas llenas de aprendizajes, miedos superados, tropiezos y conquistas. Hoy quiero contarte algunas cosas que ahora ni te imaginas que van a pasar.

Crecerás siendo una adolescente llena de dudas. Te dará vergüenza levantar la mano en clase o hablar en público por miedo a equivocarte o hacer el ridículo. Te verás a ti misma como una niña tímida, con complejos, siempre pendiente de lo que puedan pensar los demás.

Pero escucha bien: eso también pasará. De hecho, ten siempre presente que todo pasa.

Estudiarás una carrera y empezarás a trabajar, siempre en el sector industrial, que por cierto, en seguida te sorprenderás de lo masculinizado que está. Al principio te sentirás excluida y te frustrarán cosas como que veas a pocas mujeres en puestos de responsabilidad. Pero será ahí cuando empezarás a hacerte fuerte, a creer en ti y a hacer todo lo que está en tus manos para convertir las negativas y el no, en sí. Cada vez te dará menos vergüenza alzar la voz para reclamar el crecimiento profesional que te mereces. Serás valiente y aceptarás todos los retos profesionales que te pongan por delante y según vayas creciendo, los temores y vergüenzas del principio irán desapareciendo.

Te irás a vivir fuera de tu ciudad, sola. Después te casarás y tendrás dos hijas que serán tu debilidad. Tu marido tendrá que trabajar lejos de casa y a veces te sentirás muy sola y sobrepasada ocupándote de tus hijas, el trabajo, la casa…Pero también descubrirás que para estar bien con los demás, la prioridad será estar bien contigo misma. Y llegará el día en que decidirás priorizarte, sacar tiempo para entrenar y mantenerte en forma, darte tus masajes, salir con tus amigos. A veces te sentirás criticada o señalada, pero a esta altura y con todo lo que has pasado, ya serás lo suficientemente madura para decidir qué opiniones te van a importar.

Déjame que te diga algo, Natalia: nunca dudes de tu valor. Nunca pienses que hay cosas que no puedes hacer por ser niña o mujer. Las mujeres pueden ser científicas, deportistas, amas de casa, líderes, ingenieras, astronautas o cualquier cosa que quieran ser. Y si alguna vez alguien te dice lo contrario, recuérdale que el mundo está cambiando, y que tú has decidido ser parte de ese cambio.

Habrá momentos en los que sentirás que tienes que demostrar más que los demás y que deberás esforzarte el doble para que te reconozcan. Pero no te rindas, porque conseguirás hacerlo. Serás capaz de trabajar en lo que te guste, de tener un cargo directivo en empresas multinacionales, algo con lo que soñarás desde bien jovencita y cada paso que des, abrirá de algún modo puertas para quienes vengan detrás.

Aún a tus 50 años habrá quien diga que “ya estamos otra vez con lo del día de la mujer”, “o que no entienden que sea necesaria una fecha en el calendario para conmemorar la evolución en materia de igualdad” pero te reirás de la ignorancia y demagogia de esas personas. Porque tu sabrás que, aunque tu habrás crecido personal y profesionalmente, cruzando algunas barreras de género, aún hay muchas mujeres, infinidad de ellas, que no tienen las mismas oportunidades que has tenido tú o tendrán tus hijas. Y por eso tú decidirás educarlas en la importancia de reconocer los avances que las mujeres han logrado para llegar donde están ahora y de seguir alzando la voz por aquellas que están más lejos de conseguir una igualdad en casa y fuera de ella.

Y lo más importante: no estás sola. Hay muchas niñas y mujeres, hoy y siempre, que han luchado y seguirán luchando para que tengamos las mismas oportunidades. Y tú, aunque aún no lo sepas, también serás parte de esa historia.

Con cariño, Tu Natalia del futuro.

Aprender de ellas (y de ellos): diversidad generacional que suma

Disfruto aprendiendo cosas de mis bichos, cuando a veces me corrigen, e incluso cuando me dicen que esto o lo otro ya no se dice o no se hace como lo hago yo, e independientemente de lo aplastante que resulta cuando me hacen sentir mayor y desfasada.

Recuerdo cuando, hace muchos años, empecé a tratar con la Generación Y en entrevistas de trabajo y más tarde con la Z. Después vinieron, además de las charlas con mis Bichos (por si eres nueva por aquí ellas son mis hijas), los equipos de trabajo compartidos, los proyectos, las conversaciones de pasillo, los cafés rápidos entre reunión y reunión.

En esos comienzos pensaba: qué diferentes somos.
Y ahora pienso: qué bien nos podemos complementar.

Hoy en día oímos hablar de igualdad y diversidad casi a diario. En las noticias, prensa, radio, corrillos de empresa, reuniones… Sororidad, inclusión, generaciones, talento joven…son palabras que se repiten continuamente y la mayoría de las veces las escucho en forma de crítica o protesta.

Pero ¿cuántos somos realmente conscientes de que cada uno, desde nuestro pequeño trocito de parcela, puede aportar ese grano de arena que forma parte (y es necesario) para construir la montaña?

Muchas veces he escuchado a personas de mi generación decir auténticas “lindezas” sobre los jóvenes de ahora: que si no tienen capacidad de sacrificio; que si no se puede contar con ellos para comprometerse con nada; que si no saben aguantar la presión o la frustración; y yo me pregunto…¿Y si en vez de criticar nos centramos en entender? ¿Y si en vez de comparar, aprendemos? ¿Y si abrazamos la diversidad generacional como lo que realmente es: una ventaja competitiva y humana?

Porque sí, somos distintos. Pero mientras ellos y ellas traen inmediatez, frescura, mirada digital, cuestionamiento constante, valentía para no aceptar lo establecido solo porque “siempre se ha hecho así”, nosotros aportamos experiencia, perspectiva, contexto, resiliencia, organización…

No se trata de quién tiene razón ni de quién supera al otro, sino de que juntos somos mejores.

Me encanta que mis hijas me corrijan y me enseñen cosas nuevas. Igual que me encanta que compañeros y compañeras de trabajo a los que saco más de veinte años me enseñen cosas que yo desconocía y aporten ideas que jamás se me habrían ocurrido.

Aprender no tiene edad y escuchar tampoco.

La diversidad generacional, cultural, de género o de lo que sea no empieza en los planes estratégicos ni en los discursos corporativos, sino en la actitud con la que miramos al que es distinto a nosotros.

Y una vez más, queridas y queridos, se trata de actitud.

¿Sabes ya en qué lado has decidido posicionarte?