Constancia y disciplina (aunque duela)

Sábado, 18 de abril. 5:30 am.
Miro el reloj y aún no ha sonado el despertador. Me he despertado antes de tiempo. Nervios. Hoy es el día. Hoy toca completar la Ruta de las Fortalezas, una prueba de resistencia física… y mental, que se celebra cada año en Cartagena: en esta ocasión se trataba de 53 km y 1.700 m de desnivel acumulado. Nada exagerado. Nada que no se pueda conseguir con un poco de cabeza… y bastante cabezonería.

Me había enfrentado al mismo reto hacía una década. Y este año, de repente, me entró la curiosidad (hay quien lo ha llamado inconsciencia) de saber cómo llegaría a meta mi cuerpo premenopáusico, con diez años más y algunas historias acumuladas que contar.

La última vez que había corrido 5 km del tirón fue en junio de 2025 (viniendo de otro reto, porque sí, así soy yo, siempre con algún objetivo en mente). Conseguí el objetivo y, con la excusa del calor murciano —alias “no se puede ni respirar”— dejé de correr.
Este año, además, lo empecé con rotura fibrilar. Pero, aun así, agarrándome a la esperanza de “seguro que me recupero rápido”, me apunté a la ruta y conseguí dorsal.

Desde entonces han pasado dos meses y medio de entrenamientos. Muchos. Muchísimos. Días de sesiones dobles. Un cuidado extremo con la alimentación, aunque reconozco que esta parte la he disfrutado desde el momento en que mi nutricionista dijo: “Hay que meterle bien de hidratos al cuerpo, que necesita mucha gasolina”. Olé tú, Juanma. Y osteópata. Mucho osteópata. Porque te diré que solo una semana antes de la carrera empecé a descubrir lo que es correr sin dolor. Todo muy anticipado, como me gusta a mí (eso sí que era vivir al límite).

El día de la carrera amanecí con los ojos hinchados: mitad por la falta de sueño y mitad por la llorera monumental de la noche anterior, al descubrir —justo a la hora de acostarme— que la señora regla, nada previsora a mis 50 años, había decidido acompañarme durante esos 53 km entre montaña y ciudad.
Pero oye, no importa. Con ojos y barriga hinchados, me enfundé las mallas, me calcé las zapatillas y salí camino de mi reto con un único pensamiento: llegar a meta y conseguir el título de finisher.

Hoy, unos días después de la carrera, reflexionando sobre todo lo vivido, me quedo con varias cosas importantes.

1. La importancia de tener objetivos

Puedes vivir dejándote llevar o vivir con enfoque hacia algo. Ambas opciones son válidas, pero ambas tienen consecuencias. Seguro que ahora mismo tienes claro quién de tu entorno fluye por la vida sobreviviendo al día a día… y quién va influyendo en su vida a base de marcarse y superar objetivos.

Como casi todo, es una elección: fluir o influir. Mi recomendación: ponte objetivos. Personales, profesionales, grandes o pequeños. Pero influye todo lo que puedas en tu vida y, de vez en cuando, eso sí… fluye. Que tampoco se trata de vivir en blanco y negro.

2. La necesidad de un plan

De nada sirve marcarte un objetivo si no estás dispuesta a hacer todo lo que esté en tu mano para alcanzarlo. Y para eso necesitas un plan. Sí o sí. Una hoja de ruta que te permita identificar qué palos vas a tener que tocar, medir tu evolución y ajustar lo que haga falta. Porque spoiler: el plan no contempla los imprevistos. Y aparecerán. Seguro.
Pero cuanto más trabajado esté, más fácil será adaptarlo cuando surjan los contratiempos sin abandonar.

3. Cíñete al plan

Aquí empieza lo serio. Te has marcado un objetivo y currado el plan. Pero tú y yo sabemos que el papel lo sostiene todo. Si no cumples el plan, no alcanzas el objetivo. Todos tenemos algún fracaso guardado en la recámara y, si somos honestos, sabemos perfectamente por qué ocurrió: o no hubo plan… o no nos ceñimos a él.

Mi objetivo era claro: terminar la Ruta de las Fortalezas 2026.

Desde el momento en que me lo propuse, el plan fue tomando forma:

  • Seguir con los entrenamientos de fuerza, adaptándolos a correr.
  • Meter entrenos de carrera: series, cuestas, salidas largas. Muy largas.
  • Alimentación: aprender a comer para que el cuerpo tuviera gasolina suficiente para semanas de doble sesión (sí, comida como parte del entrenamiento; bendito sea).
  • Fisio: viniendo de rotura fibrilar y con molestias en prácticamente todo el lateral derecho del cuerpo (piramidal, rodilla, cadera, tobillo… un poema), necesitaba ayuda profesional para calibrar el cuerpo y consolar la cabeza, porque la frustración fue infinita . Este fue otro de los contratiempos que no estaba en mi plan original y llegó rápidamente para quedarse hasta el final.

A partir de ahí, todo fue ceñirme al plan: no saltarme entrenos aunque diera pereza, kilómetros de estiramientos y movilidad (—“Mamá, ¿todo eso que haces ahora por la noche en la esterilla es por la carrera?” —Sí), visitas al nutri y disfrutar como una niña de todo lo que tenía que comer (confieso que es lo que más echo de menos ahora , jajaja), y visitas semanales a mi querida Helena Soto. Helena, tú me dijiste: “Sal y corre, que así me traes cositas para arreglar”… y desde luego, material no te ha faltado.

Y, por supuesto, visualización: la entrada a meta, los momentos duros, cómo iba a gestionar las malas sensaciones y también los momentos de disfrute.

Con todo eso —y con la fuerza de voluntad que cualquier objetivo en la vida exige— el sábado crucé la meta sonriendo, acompañada de mis bichos.

Y nunca olvidaré la sensación de esos últimos metros, cuando eran ellas las que tiraban de mí.

Porque al final, esto no iba solo de hacer kilómetros. Iba de confianza, de aprender a creer en mí incluso cuando el cuerpo dudaba.

Iba de demostrarme que cuando me comprometo de verdad, cuando no entro en negociaciones conmigo misma y decido ceñirme al plan, pasan cosas extraordinarias.

No siempre llegas fuerte, ni siempre llegas cómoda. Pero si te ciñes al plan, llegas.

Y ese momento, el de cruzar tu propia meta, la que sea, no te lo regala nadie. Te lo has ganado tú, entreno a entreno, decisión a decisión.

Así que si has llegado hasta aquí leyendo esto y tienes un objetivo rondándote por la cabeza, no lo sueltes. No esperes a sentirte preparada. Arranca y termina de prepararte mientras avanzas.

Define bien tu objetivo, redacta tu plan y cíñete a él… incluso cuando duela, incluso cuando cueste, incluso cuando parezca que no puedes más.

Y entonces, un día, cruzas tu propia meta.

Aceptando halagos sin sentir vergüenza.

Hoy me han dicho que aparento 45 años. Y ayer alguien me dijo que le gustaba cómo escribo. En el primer caso, primero he pensado en decir que sería porque me ven con muy buenos ojos, pero finalmente he optado por reaccionar dando las gracias y diciendo que ya me habían alegrado el día y hasta la semana (aun así no he podido evitar minimizar un poco el comentario). En el segundo caso, pensé dar las gracias y casi obviar el comentario, pero decidí dar las gracias de corazón y transmitir por qué y con qué fin me gusta escribir.

Mis reacciones me han hecho reflexionar sobre algo: Tenemos un problema serio con que hablen bien de nosotros.

Somos capaces de aceptar la crítica con bolígrafo en mano. Tomamos nota, reflexionamos y si hace falta, hasta nos castigamos un poco, por si no fuera suficiente ya con recibir la crítica.

Pero ante un halago…¿Cómo reaccionamos?: eres una exagerada; tú que me miras con buenos ojos; si lo hago yo lo puede hacer cualquiera…Reaccionamos como si aceptar un piropo fuese de persona egocéntrica. Como si decir “gracias” nos colocara en el ranking del top-10 de personas insoportables.

¿Será que nos han educado más para detectar errores que para reconocer virtudes? ¿Será que nos pasamos la vida puliendo nuestros defectos sin potenciar aquello en lo que se nos da bien brillar, no vaya a ser que le moleste a alguien?

No sé si se trata de un tema cultural, generacional o un vicio colectivo que tenemos. Y soy consciente de que estoy generalizando, porque igual esto es solo cosa mía y resulta que el resto de los humanos aceptáis los halagos con toda la naturalidad del mundo.

Pero lo que tengo claro es que vivimos en una sociedad tan criticona y criticada que, quizá, no solo hemos olvidado lo bueno que es hablarle bonito a los demás, sino que además dejamos de hablarnos bonito a nosotros mismos.

Y para explicarme mejor, te propongo elegir bando: ¿En qué corrillo te quedas?

CORRILLO NÚMERO 1:

A – ¿Escuchaste lo que dijo Menganito el otro día cuando nos vimos?

B – Sí claro, lo escuché y flipé. Debería mirarse un poco al espejo.

C – Totalmente. Aunque mejor que no lo haga, porque para ver lo que hay que ver…Además, no se cuida nada.

A, B y C: bla bla bla bla bla…

Estamos ante un encuentro entero construyendo críticas (mayormente destructivas), no solo sobre Menganito, sino sobre cualquiera que se cruce por su diálogo. Y si en algún momento alguien dice algo bueno de sí mismo o recibe un halago, rápido se le quita importancia y se minimiza, no vaya a ser que se le lo vaya a creer.

Resultado: se van a casa habiendo hablado mucho y aportado poco. Convencidos de que han tenido una conversación sincera y transparente cuando en realidad solo han sido agotadores.

CORRILLO NÚMERO 2:

A – ¿Escuchaste lo que dijo Menganito el otro día cuando nos vimos?

B – Sí, no sé por qué haría ese comentario, pero bueno. Por cierto, qué bien te veo, ¿eh?

C – Gracias…Bueno, será que hoy tengo el guapo subido.

B – No, en serio. Se nota que algo estás haciendo bien, sigue con esa fórmula.

C – Vale, pues gracias. La verdad es que no llevaba muy buena racha y decidí ponerme las pilas. Me lo estoy currando, así que me alegra que se vean los resultados.

A, B y C: bla bla bla…

En este encuentro pasan el tiempo comentando lo que a cada uno le funciona para sentirse bien, compartiendo fórmulas no mágicas pero sí con resultados reales. Y C termina aceptando el halago con naturalidad, sin esquivar las palabras bonitas que le están dedicando como si quemaran. Y nadie pasa vergüenza, nadie se ofende, ni nadie se vuelve egocéntrico de repente.

Resultado: se van todos un poco más ligeros. Un poco más animados tras un encuentro productivo.

El Corrillo 1 llegará a casa intoxicado por un lenguaje que resta.

El Corrillo 2 llegará habiendo practicado algo muy diferente: hablar para sumar…y dejarse sumar.

Porque aceptar un halago no es arrogancia, sino respeto por el otro. Reconocer que lo bueno que ven en ti no es invención tuya, sino algo que de verdad ven los demás.

Y quizá tenemos que empezar por aprender a decir “gracias” sin justificarlo, sin minimizarlo y sin sentir vergüenza.

Aceptar un halago no es soberbia, es madurez. Y en algunos casos puede ser incluso valentía para no hacerte pequeña, para no correr a equilibrar la balanza recordando todo lo que haces mal cada vez que alguien resalta algo que haces bien.

Y ahora te pregunto de nuevo: ¿en qué corrillo te quedas?

Yo elijo el corrillo de los que intentan sumar y en el de trabajar para no autosabotearme cuando me hablen bien.

Si eres de los míos, la próxima vez que alguien te diga algo bonito, prueba esto: no lo discutas, ni lo minimices. Simplemente da las gracias y si quieres ir al siguiente nivel, contesta con palabras bonitas para el otro y haz que sume también.

Igual fomentar un lenguaje bonito entre todos empieza ahí, en dejar de hacernos pequeños cuando alguien decide vernos grandes.