Aceptando halagos sin sentir vergüenza.


Hoy me han dicho que aparento 45 años. Y ayer alguien me dijo que le gustaba cómo escribo. En el primer caso, primero he pensado en decir que sería porque me ven con muy buenos ojos, pero finalmente he optado por reaccionar dando las gracias y diciendo que ya me habían alegrado el día y hasta la semana (aun así no he podido evitar minimizar un poco el comentario). En el segundo caso, pensé dar las gracias y casi obviar el comentario, pero decidí dar las gracias de corazón y transmitir por qué y con qué fin me gusta escribir.

Mis reacciones me han hecho reflexionar sobre algo: Tenemos un problema serio con que hablen bien de nosotros.

Somos capaces de aceptar la crítica con bolígrafo en mano. Tomamos nota, reflexionamos y si hace falta, hasta nos castigamos un poco, por si no fuera suficiente ya con recibir la crítica.

Pero ante un halago…¿Cómo reaccionamos?: eres una exagerada; tú que me miras con buenos ojos; si lo hago yo lo puede hacer cualquiera…Reaccionamos como si aceptar un piropo fuese de persona egocéntrica. Como si decir “gracias” nos colocara en el ranking del top-10 de personas insoportables.

¿Será que nos han educado más para detectar errores que para reconocer virtudes? ¿Será que nos pasamos la vida puliendo nuestros defectos sin potenciar aquello en lo que se nos da bien brillar, no vaya a ser que le moleste a alguien?

No sé si se trata de un tema cultural, generacional o un vicio colectivo que tenemos. Y soy consciente de que estoy generalizando, porque igual esto es solo cosa mía y resulta que el resto de los humanos aceptáis los halagos con toda la naturalidad del mundo.

Pero lo que tengo claro es que vivimos en una sociedad tan criticona y criticada que, quizá, no solo hemos olvidado lo bueno que es hablarle bonito a los demás, sino que además dejamos de hablarnos bonito a nosotros mismos.

Y para explicarme mejor, te propongo elegir bando: ¿En qué corrillo te quedas?

CORRILLO NÚMERO 1:

A – ¿Escuchaste lo que dijo Menganito el otro día cuando nos vimos?

B – Sí claro, lo escuché y flipé. Debería mirarse un poco al espejo.

C – Totalmente. Aunque mejor que no lo haga, porque para ver lo que hay que ver…Además, no se cuida nada.

A, B y C: bla bla bla bla bla…

Estamos ante un encuentro entero construyendo críticas (mayormente destructivas), no solo sobre Menganito, sino sobre cualquiera que se cruce por su diálogo. Y si en algún momento alguien dice algo bueno de sí mismo o recibe un halago, rápido se le quita importancia y se minimiza, no vaya a ser que se le lo vaya a creer.

Resultado: se van a casa habiendo hablado mucho y aportado poco. Convencidos de que han tenido una conversación sincera y transparente cuando en realidad solo han sido agotadores.

CORRILLO NÚMERO 2:

A – ¿Escuchaste lo que dijo Menganito el otro día cuando nos vimos?

B – Sí, no sé por qué haría ese comentario, pero bueno. Por cierto, qué bien te veo, ¿eh?

C – Gracias…Bueno, será que hoy tengo el guapo subido.

B – No, en serio. Se nota que algo estás haciendo bien, sigue con esa fórmula.

C – Vale, pues gracias. La verdad es que no llevaba muy buena racha y decidí ponerme las pilas. Me lo estoy currando, así que me alegra que se vean los resultados.

A, B y C: bla bla bla…

En este encuentro pasan el tiempo comentando lo que a cada uno le funciona para sentirse bien, compartiendo fórmulas no mágicas pero sí con resultados reales. Y C termina aceptando el halago con naturalidad, sin esquivar las palabras bonitas que le están dedicando como si quemaran. Y nadie pasa vergüenza, nadie se ofende, ni nadie se vuelve egocéntrico de repente.

Resultado: se van todos un poco más ligeros. Un poco más animados tras un encuentro productivo.

El Corrillo 1 llegará a casa intoxicado por un lenguaje que resta.

El Corrillo 2 llegará habiendo practicado algo muy diferente: hablar para sumar…y dejarse sumar.

Porque aceptar un halago no es arrogancia, sino respeto por el otro. Reconocer que lo bueno que ven en ti no es invención tuya, sino algo que de verdad ven los demás.

Y quizá tenemos que empezar por aprender a decir “gracias” sin justificarlo, sin minimizarlo y sin sentir vergüenza.

Aceptar un halago no es soberbia, es madurez. Y en algunos casos puede ser incluso valentía para no hacerte pequeña, para no correr a equilibrar la balanza recordando todo lo que haces mal cada vez que alguien resalta algo que haces bien.

Y ahora te pregunto de nuevo: ¿en qué corrillo te quedas?

Yo elijo el corrillo de los que intentan sumar y en el de trabajar para no autosabotearme cuando me hablen bien.

Si eres de los míos, la próxima vez que alguien te diga algo bonito, prueba esto: no lo discutas, ni lo minimices. Simplemente da las gracias y si quieres ir al siguiente nivel, contesta con palabras bonitas para el otro y haz que sume también.

Igual fomentar un lenguaje bonito entre todos empieza ahí, en dejar de hacernos pequeños cuando alguien decide vernos grandes.

Deja un comentario