Un Via Crucis diferente

Recomendación: si estáis pensando en hacer una ofrenda o una penitencia al Señor, no hay nada como pasaros la Semana Santa de mudanza. Ahora entiendo yo que mis “Dioses de la mudanza”, me lo pusieran todo tan fácil de primeras con su “nosotros nos encargamos de todo” cuando fueron a empaquetar mi casa el miércoles pasado…Ellos sabían lo que me esperaba después, pero yo no. Ahora entiendo que esas palabras para ellos equivalían más a “tranquila, que con lo que te espera después ya vas a tener bastante…”

La sensación fue más o menos la misma que tuve cuando sufrí los entuertos después de mi primer parto…Nadie me había hablado de ellos, y yo, que pensaba que una vez pariese a mi bicho, al menos los dolores se habrían pasado, de repente tuve que volver a recordar las dichosas contracciones cuando aquellos aparecieron para recordarme que de eso nada, monada, que lo bueno estaba por empezar.

Pues la misma cara se me quedó cuando mis dioses salieron por la puerta con sus dos camiones vacíos, abandonándome con mis cientos de miles de cajas esturreadas por todas partes y que me dispuse a abrir de inmediato, como si se acabase el mundo esa misma tarde, con la esperanza de terminar pronto…ja,ja y requetejá.

Estamos a lunes y ahora al menos las puedo contar…ya solo me quedan ocho cajas por abrir, que con un poco de suerte podré liquidar hoy, justo antes de terminar mis vacaciones con un recuento total de seis moratones, no sé cuántas mini rajas en los dedos provocadas por el dichoso cartón y no quiero ni saber cuántos kilos de más tras los atracones del “porque yo lo valgo” cada vez que desconectaba de la mudanza.

Digo con un poco de suerte, porque aún estoy pensando en volver a IKEA hoy, antes de que decida no volver a pisarlo en meses….¡escalofríos me dan de solo pensarlo! Hay que ver lo bonita que parece la “IKEA Experience” que nos venden por la tele y por catálogo y la cantidad de discusiones que presencié el sábado pasado. Vayas por el pasillo que vayas, te encuentras matrimonios discutiendo, madres dándole collejas a sus hijos, que lloran enrabietados porque están deseosos de salir de aquel laberinto, maridos que se sientan en un sofá mientras sentencian “hasta aquí he llegado, cuando acabes me llamas y bajo”…Y entre todos ellos, allí me vi yo, sola por evitar cualquiera de esas situaciones y cargada con dos carros gigantes de muebles, que tras esperar los cinco o diez minutos que me dijeron al colaborador que me iba a ayudar a cargarlos en el coche y que nunca apareció, me dispuse a cargar haciendo uso de la pobre musculatura que voy sacando del gimnasio.image1

Con semejante compra en mi salón, y sumada a lo que aún nos quedaba por ordenar, lo que empezó siendo todo ternura con el “cajón desastre” se había convertido en una casa desastre…Todo el mundo te dice que poco a poco, pero cuando eres tú el que tiene que darse la paliza, haces lo que sea por terminar cuanto antes.

Y ese ha sido mi particular Via Crucis esta Semana Santa, pero eso sí, cargado de grandes dosis de “porque yo lo valgo”, que también he ido de procesión, he pasado por chapa y pintura para que Raquel le diese “ese gesto” a mi melena y me dejase unas manos preciosas – con un esmaltado que increíblemente ha superado la jornada de montaje de muebles ayer – he salido de cenitas y comidas varias, me he hartado a reír con mis “madrazas” del cole y he podido disfrutar de mis peques ganseando alrededor del desorden.

Porque como dicen los entendidos, aunque no tengas agua caliente en una semana y no funcione la lavadora, hay que saber disfrutar el momento.

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El cajón desastre

IMG_0648Martes por la mañana, 31 de marzo, 24 grados: así arranca mi agenda personal de hoy.

– felicitar a Eva otra vez,

– comprar fundas para colchones,

– intentar ir al gym y si no correr con la fresca,

– guardar ropa en maletas y seguir tirando trastos…

Mañana toca mudanza…la séptima desde que dejé Madrid. Y siempre digo lo mismo: ¿cómo se puede acumular taaaaaaaanto????? Eso sí, qué relax en esta ocasión, la primera vez que delego casi todo. Cinco minutos le bastaron a la empresa de mudanzas para tomar datos y pasarme un presupuesto. Que digo yo, que ya era consciente de que mi casa era pequeña, pero ¿tanto como para pasarle revista en solo cinco minutos?…Y eso que un par de ellos los dedicamos a saludarnos, despedirnos y al “jiji-jaja” de turno, para intentar caer en gracia y así confiar en que me iban a pasar el mejor de los presupuestos.

          – Nada, no tienes que hacer absolutamente nada. El miércoles venimos y nos encargamos nosotros de todo – me dijo Carlos.

          – ¿Pero nada de nada?, ¿no me das instrucciones para que te vaya preparando algo?

          – No, nosotros nos encargamos de todo.

Creo que no me han dicho piropo más bonito que ese en años: “nosotros nos encargamos de todo”. Sólo les faltó ofrecerme servicio de limpieza de cutis, manicura y pedicura gratuito, con la única condición de dejarles trabajar tranquilamente.

Pero en realidad hay algo de lo que realmente los “dioses de las mudanzas” no se pueden encargar: el cajón desastre. Tenemos cajones desastre por todas partes, en casa, en el trabajo, en la casa de nuestros padres, en la guantera del coche…Total, que yo ayer, aprovechando que mi santo hermano se había llevado a sus sobrinas a la playa, y tras asistir a mi religiosa clase de Interval y poderme meter en la cama media hora para evitar un ataque de migraña, me dispuse a reencontrarme con mis cajones desastre, porque en mi casa, los tengo por todas partes…vamos, que tú dame un cajón vacío y verás en qué poco tiempo soy capaz de devolvértelo al son de Karina, entonándote el “buscando en el baúl de los recuerdos, u u uuuu”.

Me quedé sin bolsas de basura: dibujos de mis niñas – hechos por sus profesoras cuando aún no sabían ni coger un lápiz- recetas de cocina que nunca he cocinado y asumí que en caso de necesidad absoluta las volvería a encontrar en internet, correo postal sin abrir – por cierto, que descubrí que en enero debía haber pasado la ITV y acabo de volverlo a recordar, ¡OMG!

La verdad es que los cajones desastre son lo mejor de lo mejor. Vale que me harté a llorar viendo la película de mi boda después de casi ocho años, pero no sabes la cantidad de sorpresas que me llevé también reviviendo tantos recuerdos y encontrando tantas cosas que tenía tan perdidas. Encontré mi tarjeta de la seguridad social y el libro de familia, mi pulsera de Tiffany, dinero para pagar la comida de hoy…

Por eso, en la casa nueva seguiré teniendo cajones desastre, pero intentaré cumplir con el propósito de abrirlos no sólo para meter cosas, sino también para pasar un buen rato cotilleando entre mis recuerdos, llevándome alguna alegría que otra y, por supuesto, para hacer limpieza sacando lo innecesario de mi vida.

Voy a seguir, que todavía tengo la esperanza de encontrar esta tarde mi DNI…