Entre soltar y saltar.

Hay algo que últimamente no me quito de la cabeza: el tiempo pasa volando (original reflexión, ¿verdad?). El año pasado yo cumplía los 50 y en apenas dos meses mi bicho estará cumpliendo sus 18 y comenzando a volar sola. Pero no, no voy a entrar en lamentaciones, aún no, porque cuando llegue ese momento, ya tendréis ocasión de verme caminando como alma en pena mientras asumo que ha volado.

SOLTAR, qué palabra tan potente e imponente.

Qué fácil es aferrarnos a las cosas, como ese pijama o esa camiseta viejos que ya se parecen más a un harapo que a una prenda de ropa y que te abrigan de todo menos del frío. Qué fácil es aferrarnos a las personas, incluso cuando son más tóxicas para ti que el humo de un incendio; pueden hacerte sentir ahogada y sin energía, pero te atrapan de una manera tan profunda e hipnotizante que ni tú te das cuenta de lo liberada que te sentirías si llegases a soltarlas. Y qué fácil es aferrarnos a las etapas de la vida, a esas versiones de nosotras mismas que ya cumplieron su misión pero que seguimos intentando retener como si al hacerlo pudiéramos congelar el tiempo.

Nos aferramos a rutinas, a lugares, a conversaciones, costumbres e incluso silencios.

Y de repente un día te ves pensando:¿y si en vez de quedarme ahí, que es justo donde sigo ahora, hubiera saltado a la piscina? ¿por qué no hice esto? ¿por qué no dije aquello?

Te voy a dar la respuesta: POR MIEDO. Unas veces es por el miedo a enfrentarnos a lo desconocido, otras por miedo al qué dirán, miedo al esfuerzo, al fracaso…miedo.

Saltar a la piscina, siempre da respeto: el agua puede estar demasiado fría o caldosa, turbia o con cloro de más…Pero una vez has saltado, te das cuenta de que no hacía falta darle tantas vueltas antes de saltar, no ha sido para tanto, y de una manera u otra, te sentirás satisfecha con tu baño.

Así que deja de posponer, deja de darle vueltas a lo que ya lleva centrifugando tiempo en tu cabeza y suéltate.

Enfréntate a tus miedos, aunque te tiemblen las piernas, aunque no tengas garantías y aunque el resultado final luego no sea exactamente como lo habías imaginado.

La vida nunca espera a que estemos preparadas del todo. Esperamos el momento perfecto para empezar un proyecto, para tener esa conversación pendiente, para empezar la dieta, hacer ese viaje pendiente…Y la realidad es que el momento en si, simplemente pasa por delante de ti y, si no te atreves a aprovecharlo, sigue de largo. Deja de decirte, cuando tenga más tiempo; cuando tenga más dinero, más energía, menos miedo; cuando me sienta más preparada. Lamento decirte, querida, que la lista de condicionantes será tan extensa como tú te propongas. Siempre serás capaz de encontrar una nueva excusa, elegantemente disfrazada para autoengañarte.

Y ojo, que no te estoy hablando de vivir impulsivamente, sino de escucharte de verdad. Te hablo de identificar lo que realmente deseas, qué necesitas y qué llevas demasiado callando. Y luego decide qué hacer, pero ten presente que hay una diferencia enorme entre elegir quedarte porque quieres y quedarte por miedo.

Crecer de verdad, en su sentido más extenso (y no solo por cumplir años y acumular cremas antiarrugas en el armario del baño) consiste en aprender a distinguir cuándo te quedas porque quieres y cuándo lo haces por miedo. Acepta que siempre habrá despedidas, cambios de rumbo, planes que no saldrán como esperabas y personas que no te acompañarán hasta el final del camino y aun así está en tu mano decidir seguir avanzando.

Nunca te arrepentirás tanto de algo que salió mal como de algo que ni siquiera intentaste.

Así que suelta, amiga. Suelta expectativas, suelta culpas, personas y versiones antiguas tuyas que ya no te llenen y que no encajen tanto con quién eres ahora.

Y salta. No importa que el agua no esté en su punto perfecto; tu cuerpo acabará adaptándose. Para casi todo tenemos una capacidad de adaptación admirable, aunque antes necesitemos dramatizarlo un poco, que también forma parte del proceso.

Y toda esta reflexión que hoy comparto contigo sobre soltar, saltar y abrazar los cambios, me parece maravillosa…hasta que vuelvo a recordar que en apenas tres meses me toca empezar a aplicármelo de verdad. Porque sí, mi bicho cumple 18 y se me va de casa.

Y mientras la miro a ella, preparándose con todas sus ganas, fuerza de voluntad y ánimo para empezar a volar sola, aquí estoy yo intentando convencerme de que soltar también es una forma de querer. Y no una forma especialmente cómoda, desde luego.

Pero supongo que de eso va también lo de ser madre, porque esto no termina ni cuando les quitas los pañales, ni el chupete; ni cuando aprenden a hacerse su cama y recoger (a regañadientes) la casa; ni cuando aprenden a cocinar. Resulta que me he pasado los últimos 18 años preparándola para ser independiente y, cuando parece que empezamos a conseguirlo, discretamente me pregunto…¿Quién me habrá mandado a mi querer e intentar hacerlo bien?

SOLTAR. Y confiar en que, aunque me cueste más a mi que a ella, ambas estamos más preparadas de lo que creemos.