UN PALO Y UN CUMPLEAÑOS: VOLVEMOS A LA CARGA


cumple

Ahora que Antonio Banderas y yo hemos decidido volver a ser estudiantes, no sólo por ampliar nuestros conocimientos y crecer como personas, sino para demostrarnos ante nuestras respectivas “no crisis” de los cuarenta y cincuenta y cinco, que el que tuvo retuvo… Ahora que mis bichos han vuelto al colegio. Ahora que una servidora está terminando de hacer su último trabajo de bolillos y ha sacado tiempo para desempañar los moldes y tejer otra manta… Ahora que las semanas están más o menos organizadas en lo que es un intento, no sabemos aún si fallido o exitoso, de conciliación de vida laboral con familiar, deportiva, marital y ocio…Ahora, justo ahora, toca volver a la carga con los festejos cumpleañeros de los niños de esta, la Generación Z.

Y digo yo: ¿qué tenían de malo los cumpleaños de los niños de la Generación X? ¿Es que ya nadie recuerda lo que molaba el griterío que se armaba cuando esa madre era atacada por los enanos cuando aparecía en el salón de la casa – convertido por unas horas en leonera – con una bandeja repleta de sándwiches de nocilla?

Seamos honestos señores. Con el tema de los cumpleaños de nuestros niños SE NOS HA IDO la pinza, la perola, hemos perdido el norte, el rumbo o como queramos llamarlo.

Tengo la suerte de hablar desde la experiencia, porque yo, miembro en activo de la Generación X, he sido portadora del gen mutante de las celebraciones de cumpleaños a través de mis dos bichos, que son de la Generación Z.

Pero vamos a olvidarnos de generaciones y vamos a centrarnos en dos situaciones:

SITUACIÓN A:

Pablito invita a su cumpleaños a sus mejores amigos…En la clase son casi 30 niños, así que su mamá le ha dicho que puede invitar a aquellos con los que se lleve mejor, porque claro, toda la clase en el salón de casa no cabe, y si después de soplar la vela deciden bajar un rato a jugar al parque, ella junto con la tía Mari – que como siempre iría con los primos y de paso le echaría una mano – no iban poder controlar a tantos. Pablito lo tiene claro y decide, sin ninguna presión, invitar a aquellos con los que juega a diario en el recreo. Los demás niños de la clase también le caen bien, pero no son sus “mejores amigos” (y punto, no por eso vamos a acusar al pobre Pablito de hacer “bullying” con el resto).

Llega el viernes, día de la fiesta y mamá lo tiene todo preparado. Cuando llegan todos del colegio, los niños están muertos de hambre y literalmente atacan la mesa del comedor – porque además sus madres ya les han advertido que esa será la cena del día. Medias noches de chorizo, paté La Piara, jamón y queso…Gusanitos, patatas y ¡Fanta para todos! Unos hacen el gamberro mientras otros empiezan a mezclar en uno de los vasos de plástico cualquier ingrediente de los que encuentran a su alrededor para darle el cambiazo al vaso de Fanta del de al lado…jajajajaja. Mami, que hoy está guapa de más y que se ha dado una buena paliza para que la merienda sea exquisita, aparece con la tarta que lleva dos chocolatinas de chocolate blanco con letras escritas con chocolate negro que versan un delicioso “Felicidades Pablo”.

Pablo sopla las velas, sus amigos le cantan el “cumpleaños feliz” – que por suerte ahora es gratis– y el “porque es un chico excelente” y después de comerse la tarta bajan al parque. Pero eso sí, no sin antes abrir los regalos que le traen sus amigos: pequeños detalles como un estuche, unos cuadernos, algún muñeco…

Bajan al parque con mamá y la tía Mari y después de jugar, poco a poco, van llegando los padres de cada uno – después de haber dado varias vueltas por el barrio buscando la casa – con el tiempo justo de darle un beso a Pablito y llevarse a su respectivo hijo a casa. Al final Pablo ha podido jugar un rato más con Jaime, su mejor amigo y cuyos padres han pasado a recogerle más tarde y de paso han sido invitados a cenar.

SITUACIÓN B:

Es lunes, y Pablito llega al cole con 30 invitaciones en su mochila que tiene que repartir a todos y cada uno de los niños de la clase – a pesar del esfuerzo económico que tienen que hacer para la celebración, ni se le pasa por la cabeza a sus padres que sólo invite a unos cuantos, no vaya a ser que el resto empiece a acusarlos de discriminación y acoso escolar. Su madre ya ha dado la noticia en el grupo de “whatsapp” que comparte con los padres de la clase, pero aun así a él le hacía ilusión repartir las invitaciones.

Es sábado por la mañana, y los padres de los 30 niños, ansiosos por poder holgazanear un poco durante el fin de semana y no tener que salir corriendo de casa como hacen cada día de lunes a viernes, un día más han tenido que ponerse el despertador para llegar a tiempo a la fiesta de Pablito en el parque de bolas que inauguraron la semana pasada cerca del colegio y que cuenta con el último modelo de castillo hinchable– al fin y al cabo han tenido la suerte de que no fuese a la hora de la siesta ni en domingo. Además hoy tienen comida familiar, por lo que toda la familia, que también ha sido invitada al evento de Pablito se desplaza hasta el lugar. Una vez allí son recibidos por monitoras que etiquetan los zapatos de todos los niños con una sonrisa agria – entendible, porque ellas también piensan que donde deberían estar un sábado por la mañana a esas horas es en la cama. A partir de ahí, mientras los niños se “desalman” entre el griterío de la jungla de bolas mientras los padres se relacionan entre si, sustituyendo su desayuno familiar por un temprano almuerzo de cervezas, empanadillas, frutos secos y tortilla de patatas.

Después de una “merienda” compuesta por un par de sándwiches, un trozo de pizza gomosa y unos 10441027_283178715202229_6484386968331834199_ndiez gusanitos por niño, se anuncia por la megafonía del centro que “el niño que se llama Pablo va a soplar las velas”. Los padres, apurados por tomar alguna foto del evento, que casi se han perdido por completo mientras tomaban sus cañas al otro lado de la pecera, salen corriendo para compartir el momento con Pablito. El anfitrión, sopla las velas de una tarta con forma de Bob Esponja entrando por la puerta de su casa con forma de piña que han tardado una semana y pico en preparar y le da un mordisco a la tarta para, acto seguido,  dejarla de lado al comprobar que tanto fondant no le gusta. Además, la megafonía anuncia de nuevo su nombre para la entrega de regalos.

Y así, con los 30 niños dispuestos alrededor del trono, sobre el que se sienta como un rey, da comienzo el besamanos para que uno a uno y al grito de “qué bonito, qué bonito” o “qué será, qué será” sus amigos le vayan entregando los 30 paquetes. Aunque cada niño le da su regalo siguiendo el orden que impone la monitora, cuando Pablito está abriendo el quinto, su cara es un poema…Ya no sabe quién le regaló qué y aún tiene veinticinco más por abrir…Al final terminan todos los regalos amontonados en una bolsa enorme de basura que la madre guarda a buen recaudo para intentar después dosificarlos en dosis coherentes – si es que no decide dejarlos para los Reyes Magos.

Pasadas las tres horas contratadas con el parque de bolas, los padres recogen zapatos, las monitoras entregan chuches y, con sus hijos encantados, todos abandonan el lugar.

Dos generaciones, dos cumpleaños, dos dimensiones, dos diversiones…En ambas los niños se lo pasan pipa, ¿pero no estás de acuerdo conmigo en que se nos ha ido un poco la pinza?

Queremos que cada cumpleaños sea más especial que el anterior, buscamos superarnos y nos dejamos llevar por la moda del momento, cuando con una simple celebración – que incluya sándwiches de nocilla, eso sí – se lo pasan igual de bien. ¿Acaso no eran todos tus cumpleaños iguales? ¿y en ese caso, no te lo pasabas siempre fantásticamente?

Hace un par de años tuvo un gran impacto la campaña publicitaria de Limón y Nada en la que un niño se mostraba eufórico al recibir como regalo de cumpleaños un palo con el que jugar. Y es que a menudo olvidamos que las cosas más simples son las que más felices hacen a nuestros pequeños. También ocurre que a veces lo más simple resulta no ser lo más cómodo para nosotros, pero al fin y al cabo los protagonistas de ese día son ellos y por eso puede que valga la pena darnos la paliza ese día preparando una merendola de las de toda la vida, aunque lo hagamos pensando en lo cómodos que estaríamos tomando la cerveza al otro lado de la pecera del parque de bolas…

palo

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